• La inteligencia emocional de la inteligencia artificial




    En la medida en que el avance de la Inteligencia Artificial me aterroriza, me emociona. Por partes iguales. 

    Nací en 1980, así que pertenezco a ese grupo que quedó varado entre la generación X y los millenials. Soy una Xennial: formo parte de ese grupo que no nació conectado pero que se adaptó al mundo interconectado y continúa haciéndolo.

    Supongo que por eso tengo esta reacción con respecto a la IA. No me espanta por completo el avance tecnológico pero sí hay momentos en los que puedo ver claramente que ya tocamos un punto muy delicado y en definitiva creo que es esto lo que llevará a nuestra civilización a su final natural. 

    Lo artificial nos llevará a nuestro fin natural como especie. Porque resulta que toda artificialidad viene de algo tan natural y esencialmente orgánico como el lenguaje. No en vano, la tendencia actual entre las empresas que trabajan proyectos con big data, algoritmos y demás inflexiones en IA están buscando la participación directa de especialistas en humanidades.


    Pero esta necesidad de las humanidades no se trata solamente de la interacción máquina-hombre, sino del punto cuando una máquina deba comunicarse con otra máquina. Eso es justamente lo que más me emociona cuando leo sobre estos temas y es el siguiente paso en esta evolución tecnológica. 

    Hace poco vi el documental sobre Alpha Go, el algoritmo que aprendió a jugar Go y que fue puesto a prueba ante el mejor jugador del mundo ganando la mayoria de las partidas. A diferencia de otros programas, Alpha Go tenía dos características sobresalientes: el juego como tal de Go y el autoaprendizaje que realizaba en tres niveles (que después parecía dejar por completo entrando en no sé que hoyo infinito dentro de su propio espacio).

    Go no es cualquier juego. No se trata de mera estrategia y tampoco es parecido a la tendencia del ajedrez. Este juego tiene una carga cultural y social tan fuerte que aquello que llamamos intuición se torna parte fundamental del mismo. La intuición no es un cálculo como tal, y se ancla en elementos completamente humanos que involucran elemntos de nuestra dimensión física, mental, emocional, psicológica y hasta espiritual para aquellos que aprehenden tal noción. Alpha Go parecía haber desarrollado algo similar a la intuición cuando salía de sus tres niveles normales de análisis y predicción. Alpha Go no es ese software viejito de ajadrez que tenía una base de datos repleta de juegadas, sino una entidad que aprende en tiempo real y se enseña a sí misma a navegar un juego complejo. Buscaba dentro de su propio espacio y a la par, aprendía a jugar, no solo como un humano, sino como "él mismo". 

    Lo que a mí me interesa, sin embargo, es la interacción de algoritmos de este tipo con otros algoritmos de la misma capacidad en escenarios que requieran su dearrollo en aras que van más allá de la mera lógica matemática y hasta del sentido común. Digamos, por ejemplo, si estudiáramos estas tecnologías en juegos de rol complejos en donde invariablemente se tienen que contruir situaciones, emociones, escenarios, resolución de dilemas éticos, etc.


    Cuando estaba en la universidad tuve un novio que organizaba grupos para juegos de rol. Se juntaba con un buen número de amigos y comenzaban partidas que duraban días y días. Recuerdo que además de Dungeons & Dragons también llegaron a jugar Call of Cthulu e irónicamente, Paranoia, un juego sobe inteligencia artificial. Algunas veces iba a las partidas, solo a observar. Siempre era fascinante ver la construcción de los escenarios y los personajes, pero sobretodo, el sistema de puntaje que asignaban al resolver diversas situaciones. Mi novio actuaba de game master, narraba la historia y escenario; recuerdo que jugaban con simple pluma y papel y que me daba entre risa e intriga cuando de pronto decía cosas como "Carlos, anótate 3 puntos en inteligencia; Mario, anótate 5 puntos en ingenio..." 

    Este es el tipo de juego en el que me gustaría ver el comportamiento de un algoritmo en interacción con otro. Mi interés no versa tanto en la comunicación humano-máquina porque ya conocemos las líneas y barómetros morales que más o menos definen a una persona. En un inicio, es lo que tratamos de insertar en el espectro analítico de una máquina: estas son las reglas humanas de lo que se define como bien y mal. 

    Pero hay un punto en esta revolución tecnológica en la que las máquinas tendrán que comunicarse entre ellas, generar sus propios modelos de resolución; establecer sus propios límites éticos y hasta establecer una dimensión psicológica sobre su propio desarrollo. No hablo de una máquina "humanizada" sino de una máquina que construye su propia dialéctica frente a su especie.


    De Inteligencias...


    Soy una creyente de la inteligencia emocional, más que de la intelectual, "medible" mediante psicométricos. A nivel personal y profesional, he visto continuamente que son las características que caen en ese espacio las que más me han enseñado al final del día. De nada me hubiera servido aprender procesos administrativos básicos si no hubiese desarrollado la capacidad de comunicar reglas a mis compañeros de trabajo de forma efectiva y empática. La empatía no me la puede enseñar ni la universidad, ni una certificación ni una maestría. Conozco personas con postdoctorados que son unos perfectos inútiles para comunicar ideas. Conozco personas que solo terminaron la secundaria y saben gestionar plantillas de empleados de forma funcional y satisfactoria. Siempre he sido así, no creo en la academia.

    La forma en que definimos la inteligencia (o lo que es inteligente y lo que no lo es) parece estar a la fecha muy apegado a la idea de la educación profesional. Una persona no va a la universidad para "hacerse inteligente" sino para conocer herramientas, métodos, sistemas. Tener conocimientos no es lo mismo a ser inteligente. La inteligencia entonces está más emparentada con la capacidad de resolucón. Con la capacidad de navegar una situación y lidiar con sus aristas. De alguna u otra forma parece que hemos necesitado del término inteligencia emocional para destacar la importancia de habilidades que van más allá de datos adquiridos. 

    La inteligencia artificial necesitará explorar este terreno para su interacción tanto con humanos como con otras máquinas. ¿No sería la experimentación con juegos de rol una plataforma adecuada para iniciar en ese escalón y estudiar cómo logra un algoritmo aprender, por sí mismo, a interactuar en un mundo específico?

    Los juegos de rol son de esencia 100% social, se tiene que interactuar con otros o simplemente no se  puede jugar realmente. Es necesario comunicarlo todo y en cierta forma hacer networking para avanzar. Para la resolución de problemas se necesita tarbajo en equipo y cierta creatividad. Esta cooperación estimula la noción de la empatía, la intuición y las normas sociales que estamos construyendo y siguiendo en un mundo dado.

    ¿No es este el escenario perfecto para que la inteligencia artificial desarrolle las bases de una inteligencia emocional?


    Contrucciones éticas y morales

    En algún punto de esta evolución, la inteligencia artificial generará sus propios barómetros morales y éticos, mismos que serán aplicados a humanos, otras máquinas y otras especies.

    Yo tengo 37, casi 38 años. Aunque no sea frecuente, resulta que me gustan los videojuegos RPG. Tengo especial afecto por la serie de The Elder Scrolls. No solo me gusta jugar porque es la construcción de una realidad alterna y el alto grado de detalle al que llega, sino porque puedo experimentar con diversos límites éticos dentro de varios escenarios.

    La primera vez que jugué Oblivion, seguí la misión central. Fui el "good guy". Pero cuando terminé, empecé a crear otro personaje que se dedicó al 100% a llevar una vida criminal: ladrón y matón a sueldo. ¿Por qué?

    De entrada, porque es algo que jamás haría en el mundo real, al menos no de forma voluntaria. No apliqué ninguno de mis límites morales en el juego y a la par de hacerlo... la verdad es que me sorprendía la diversión que me provocaba.

    Ahora: no voy a entrar en el debate de si los contenidos violentos generan violencia en el mundo real porque el tema no es ese. Sin embargo, cuando pienso en la flexibilidad o incluso nulidad de la ética humana general dentro de un escenario virtual, me hace preguntarme cómo construirán las máquinas del futuro sus propios esquemas al respecto.

    No es ficción, y lo sabemos. En el momento en que un algoritmo comienza enseñarse a sí mismo algo es prueba de que crece, de que expande sus propios límites. Para aprender, tenemos que preguntarnos cosas, no solo consumimos información, y eso es lo que está sucediendo con la inteligencia artificial.

    La inteligencia emocional es relativamente cercana a los límites morales, otra razón para considerar su importancia en el desarrollo inteligente de nuestros días.

    Y es por eso que me fascina a la par de aterrorizarme. Muchos se pueden burlar, pero yo creo genuinamente que estamos observando e interactuando con el inicio de una nueva civilización, una nueva revolución industrial y la frágil interacción de los humanos con algo que comienza a tomar las riendas de su propia conciencia.




















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